Alberto Romero Ruiz

¿Qué pasaría si pisas a tope el acelerador de tu coche y a la vez tiras del freno de mano?

Imagínatelo un segundo. El motor rugiendo, el olor a quemado, las ruedas girando sin ir a ninguna parte.

Sabes que quieres moverte. Más o menos intuyes hacia dónde. Y por mucho que lo intentas te quedas exactamente donde estabas — y de paso haces mierda el coche.

¿Por qué haces eso entonces contigo mismo?

Porque es justo lo que llevas haciendo toda la vida. Sabes que no quieres seguir donde estás. Empiezas cosas. Lo has intentado muchas veces. Y algo tira del freno.

Día tras día.

Semana tras semana.

Mes tras mes.

Año tras año.


Aquí es donde tocaría soltarte una milonga sobre el secreto para conseguir lo que quieras, rápido y sin ningún esfuerzo. Pero eso ya lo hacen otros, y con mejores dientes que yo.

Prefiero contarte lo que me pasó en una montaña de Tailandia, con un viaje de LSD encima, la noche que entendí que estaba más perdido que un pulpo en un garaje.

Durante años creí que mi freno de mano era la pereza. Que era un vago. Que me faltaba disciplina, carácter, o eso que tiene la gente que sí termina las cosas.

No era eso.

El freno de mano era el pánico a que me vieran.

Que vieran que me paso las horas leyendo sobre astrología, diseño humano y otras cosas raras. Que vieran que por dentro había un desorden considerable mientras por fuera sonreía y decía que todo bien. Que mis padres no me aceptaran así. Que alguien, en algún momento, se riera.

Y mientras no eligiera nada, nadie podía juzgar mi elección. Ese era el truco. Por eso no avanzaba: no porque no supiera hacia dónde ir, sino porque avanzar significaba que me vieran.


Si algo de esto te ha sonado, para un momento: no estás roto y no eres un vago. En algún momento de tu vida tu sistema nervioso aprendió que no era seguro ser tú — y desde entonces cumple su función, que es apartarte de todo lo que exija mostrarte.

No te está fallando. Te está protegiendo. De algo que ya pasó.

Y ahora la parte incómoda, porque no te voy a tratar como si fueras de cristal:

Si te garantizaran que nadie se entera y que nadie te va a juzgar nunca — ¿sabrías qué hacer?

No lo pienses mucho. Contesta rápido, que es donde está la verdad.

Si te ha salido que sí, entonces no te falta información, ni otro curso, ni otro test que te explique cómo eres. Te falta permiso.

Permiso para ser.

Eso es lo que escribo aquí. No darte una dirección más: devolverte el permiso de ser quien ya eres — y hacerlo delante de alguien, que es la única forma en la que tu cuerpo se lo acaba creyendo.


Escribo casi todos los días para gente que está en ese punto exacto. Cuento mis historias, mis fallos y lo que voy aprendiendo — no para que sigas mi camino, sino para que te atrevas a trazar el tuyo delante de alguien.

No te voy a decir lo que tienes que hacer para ser feliz y aceptado. Bastante tienes ya con la cola de gente que sí lo hace.

Y si hoy no hay nadie en tu vida que crea en ti, yo voy a ser ese alguien. Todo el tiempo que haga falta, hasta el día en que te pilles creyendo en ti mismo.

Te veo dentro.